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Cómo controlar la ansiedad por comer: una mirada diferente y práctica

Cómo controlar la ansiedad por comer

Ya sabemos, hablar de cómo controlar la ansiedad por comer se ha vuelto súper típico en blogs, redes sociales y hasta en consultas con profesionales. Y claro, siempre aparecen los mismos consejos de siempre: tómate un vaso de agua, ponte a hacer ejercicio, búscate algo que hacer o métete a una dieta bien estructurada. Pero la verdad es que, desde mi propia experiencia y después de darle muchas vueltas al tema, creo que este enfoque se queda bastante corto.

Mi hipótesis completamente diferente: en realidad, no existe eso de la «ansiedad por la comida». Lo que sí existe es una ansiedad que ya traemos por dentro y que tratamos de calmar usando la comida como si fuera nuestro salvavidas emocional. Este pequeño cambio de perspectiva, aunque parezca insignificante, revoluciona por completo la forma en que entendemos y enfrentamos este comportamiento que tantos conocemos.

¿Qué pasa realmente cuando sentimos ansiedad por comer?

Mira, la mayoría de nosotros conecta la ansiedad por comer con ese impulso súper intenso e incontrolable hacia alimentos que sabemos que nos van a «llenar» emocionalmente: los dulces, el pan recién horneado, la comida rápida que tanto nos gusta. Pero aquí viene lo interesante: lo que realmente está pasando es que buscamos en la comida una especie de refugio para regular esa incomodidad que sentimos por dentro.

Desde que somos pequeñitos aprendemos a conectar la comida con momentos de pura seguridad, cuidado y bienestar. Piénsalo un segundo: esos recuerdos familiares alrededor de una mesa, donde el sistema nervioso estaba en total calma, sostenido por esa sensación reconfortante de protección. Esa huella queda grabada a fuego, y cuando ya adultos atravesamos momentos tensos o difíciles, es completamente natural que nuestro cuerpo y mente intenten revivir esas sensaciones de tranquilidad a través de la comida.

Hay una escena en Ratatouille que me parece perfecta para explicar esto: cuando el crítico gastronómico prueba ese plato y de repente se transporta directamente a la calidez de su infancia, conectándose con una calma profundísima. Algo muy parecido nos pasa en el día a día: comer no solo alimenta nuestro cuerpo, también despierta recuerdos de seguridad emocional que tenemos guardados desde hace años.

la comida calma la ansiedad

La ciencia detrás de por qué comer nos tranquiliza la ansiedad

Además de todo lo emocional, hay una explicación súper sólida desde lo biológico para entender por qué comer nos calma de esa manera. Cuando comemos, se activa el sistema nervioso parasimpático, que es como el jefe del «reposo y la digestión». Este mecanismo contrarresta la activación del sistema simpático (ese que se encarga de mantenernos alerta, listos para luchar o salir corriendo) y desata una cascada de respuestas que nos llevan directo a sentir paz.

Los principales efectos que ocurren en nuestro cuerpo son bastante fascinantes:

  • Se reduce la frecuencia cardíaca y respiratoria, creando esa sensación de descanso que tanto necesitamos cuando la ansiedad nos tiene acelerados.
  • Aumenta la salivación y la secreción de jugos digestivos, exactamente lo contrario a lo que ocurre cuando estamos nerviosos.
  • Se estimula el movimiento intestinal, facilitando el tránsito de los alimentos y dándonos esa percepción de que todo fluye mejor.
  • Se relajan los músculos del sistema digestivo, lo cual se asocia directamente con comodidad física.
  • La sangre se redistribuye hacia el sistema digestivo, dando una sensación de relajo y somnolencia.

En otras palabras, la comida realmente activa procesos físicos que disminuyen la tensión. No es solo algo que nos imaginamos o un condicionamiento mental, sino una respuesta biológica real que explica perfectamente por qué tendemos a comer cuando la ansiedad nos supera.

Estrategias prácticas para manejar la ansiedad sin depender siempre de la comida

Una vez que entendemos que no existe una ansiedad por la comida como tal, sino una ansiedad de fondo que intentamos calmar comiendo, podemos replantear completamente nuestras estrategias de manejo. El objetivo no es eliminar la comida como recurso (porque seamos honestos, a veces funciona), sino ampliar nuestro repertorio de herramientas para regularnos emocionalmente.

1. Reconocer de dónde viene realmente la ansiedad

El primer paso, que es súper importante, es hacerte la pregunta clave: ¿qué está provocando mi ansiedad en este momento? Puede ser el estrés del trabajo que se está volviendo insoportable, alguna discusión personal que te tiene revuelto, la falta de sueño acumulada, o simplemente una suma de pequeñas tensiones diarias que se fueron apilando. La verdad es que cuando identificamos el origen real, dejamos de ver la comida como el gran enemigo y podemos enfocarnos en atender la causa verdadera del problema.

2. Activar el sistema parasimpático por otros caminos

Si la comida nos calma porque activa el sistema parasimpático, entonces la clave está en encontrar otras formas de estimularlo. Y aquí tienes algunas opciones que realmente funcionan:

  • Respiración profunda y diafragmática: es increíble cómo reduce la frecuencia cardíaca casi de inmediato.
  • Auto-Hipnosis: Comprobado científicamente que es súper útil incluso cuando estás en plena jornada laboral y sientes que vas a explotar.
  • Ejercicios de relajación muscular progresiva: perfectos para liberar toda esa tensión que se acumula sin que nos demos cuenta.
  • Estiramientos suaves : combinan movimiento con consciencia corporal de una manera muy efectiva.

Estas prácticas funcionan como un «atajo» hacia la calma, similar al que nos da la comida, pero sin los efectos secundarios que a veces nos traen remordimientos.

3. Comer con plena consciencia también calma la ansiedad

No se trata de rechazar completamente la comida como recurso calmante, porque seamos realistas, a veces la necesitamos. Más bien se trata de hacerlo con muchísima atención plena. Comer despacio, masticar con calma, saborear realmente cada bocado nos permite conectar con el alimento de una manera completamente diferente. Incluso vendarse los ojos funciona perfectamente

4. Crear nuevas asociaciones emocionales con la comida

Así como aprendimos desde pequeños a vincular la comida con seguridad, también podemos crear nuevas conexiones positivas que funcionen igual de bien. Por ejemplo, escuchar esa canción que te relaja instantáneamente, darte un paseo corto aunque sea alrededor de la manzana, o escribir unos minutos en un cuaderno pueden convertirse en gestos que evocan calma. Con el tiempo, nuestro cerebro aprende a recurrir a estas alternativas en lugar de depender exclusivamente de la comida para regular las emociones.

5. Normalizar toda la experiencia sin cargarnos de culpa

Un punto clave para entender cómo controlar la ansiedad por comer es eliminar por completo la culpa de la ecuación. Comer en momentos de tensión no significa que nos falte fuerza de voluntad o que seamos personas débiles; es simplemente una respuesta natural del cuerpo buscando equilibrio y bienestar. Aceptar esto nos libera de esa autocrítica tan dañina y nos da el espacio mental que necesitamos para buscar soluciones más sostenibles a largo plazo.

Una reflexión personal para cerrar

Después de analizarlo desde mi propia experiencia y observar lo que pasa tanto conmigo como con las personas que me rodean, estoy completamente convencido de que no existe como tal la ansiedad por la comida. Lo que sí existe es esa ansiedad interna que todos cargamos y que tratamos de calmar a través de la comida porque, tanto emocional como fisiológicamente, esta activa mecanismos reales de tranquilidad.

La clave no está en prohibirnos comer ni en sentirnos culpables cada vez que recurrimos a ella para calmarnos, sino en entender profundamente lo que está ocurriendo y ampliar nuestras formas de autorregulación emocional. La comida puede seguir siendo un recurso válido cuando realmente lo necesitemos, pero no tiene que ser el único. Reconocer todo este proceso nos permite vivir con menos frustración y muchísima más consciencia, convirtiendo nuestra relación con los alimentos en un camino hacia el bienestar en lugar de un campo de batalla constante donde siempre terminamos sintiéndonos derrotados.