
La ansiedad en los niños es una de esas cosas que, como padre o madre, te quita el sueño. Y es que no siempre resulta fácil darte cuenta de lo que está pasando. A veces tu hijo llega con dolor de barriga, otras veces no quiere ir al colegio, y tú te preguntas: ¿será algo físico? ¿Estará inventando excusas? ¿Le habrán hecho algo?
La verdad es que los niños no experimentan el mundo como nosotros. Tienen el mismo sistema nervioso, sí, pero su manera de sentir, de percibir la realidad, es completamente distinta. Ellos miran todo desde abajo, con esa intensidad feroz que solo tienen los más pequeños. Para ellos, lo real y lo imaginario conviven en el mismo plano, sin filtros, sin esa capa de racionalidad que los adultos usamos para protegernos del mundo.
Y ahí es donde radica el problema, pero también la solución.
¿Cómo se manifiesta la ansiedad en los niños?
Los síntomas de la ansiedad infantil pueden ser engañosos. No siempre llegan en forma de «mamá, estoy preocupado». Muchas veces se disfrazan de malestares físicos que parecen no tener explicación médica:
Dolor de estómago o de cabeza que aparece justo antes de ir al colegio. Pesadillas que se repiten noche tras noche. Irritabilidad extrema por cosas que antes no importaban. Esa necesidad desesperada de estar pegado a ti, como si separarse un metro fuera el fin del mundo. O simplemente ese rechazo rotundo a ciertas actividades: la clase de natación, las fiestas de cumpleaños, el parque donde antes jugaba feliz.
He visto casos de niños que han pasado por gastroenterólogos, neurólogos, pediatras… todos los «logos» habidos y por haber, sin que nadie encuentre nada concreto. Es entonces cuando aparece esa palabra tan incómoda para algunos: psicosomático. Y no significa que el niño esté «inventando» nada. Significa que su cuerpo está gritando lo que su mente todavía no sabe expresar con palabras.
Porque, además, hay que recordar algo fundamental: muchas situaciones que para nosotros son triviales, para un niño pueden ser devastadoras. Un cambio de profesor. Una mudanza. La llegada de un hermanito. Una discusión entre papá y mamá. Cosas que los adultos procesamos con cierta distancia, para ellos son terremotos emocionales.

Diferencias entre la ansiedad infantil y la adulta
Aquí viene una de las claves que más me ha ayudado a entender la ansiedad infantil: los niños no perciben el tiempo como nosotros.
Para un niño de cinco años, dos horas de castigo pueden sentirse como una condena eterna. Literalmente. Es que su cerebro aún no tiene desarrollada la noción clara del tiempo lineal. Por eso escuchas frases como «el otro día de ayer voy a ir al colegio» y, aunque suene raro, en su cabeza tiene toda la lógica del mundo.
Esto tiene implicaciones enormes cuando hablamos de ansiedad. Lo que para ti es un momento incómodo que pasará pronto, para tu hijo puede ser una experiencia abrumadora que siente interminable. No tiene la perspectiva de que «esto también pasará». Vive todo en presente absoluto, con una intensidad emocional que nosotros, los adultos, hemos aprendido a amortiguar.
Por eso, cuando un niño está ansioso, no basta con decirle «tranquilo, ya verás que se soluciona». Porque en su mundo, «ya verás» no existe. Solo existe el ahora, y el ahora duele.
Estrategias para tratar la ansiedad en los niños
Deja la lógica adulta en la puerta.
La primera regla para ayudar a un niño ansioso es esta. Los niños viven en un espacio donde los monstruos bajo la cama son reales, donde los superhéroes existen, donde un peluche puede ser el mejor guardaespaldas del universo. Y en lugar de intentar convencerlos de que todo eso es mentira, podemos usar esa misma magia a nuestro favor.
Por ejemplo, si tu hijo tiene miedo de dormir solo porque hay algo en el armario, no sirve de mucho abrir el armario y demostrarle que no hay nada. En su mundo, sigue habiendo algo. Pero sí puedes darle una «varita mágica» (un palito pintado), un «escudo protector» (su manta favorita), o inventar juntos un «hechizo anti-monstruos» antes de dormir.
Suena tonto, ¿verdad? Pues funciona. Porque su subconsciente no distingue entre lo literal y lo simbólico. Si cree que tiene un escudo, se siente protegido de verdad.
Validar, no minimizar
Otra cosa que aprendí con el tiempo: nunca, jamás, digas «eso es una tontería» o «no pasa nada».
Porque para tu hijo, sí pasa algo. Y no es una tontería. Es real, grande, terrible. Si minimizas lo que siente, solo conseguirás dos cosas: que no vuelva a contarte lo que le pasa, y que la ansiedad crezca en silencio.
En cambio, cuando validas su emoción («entiendo que te dé miedo», «veo que estás muy preocupado», «sé que esto te resulta difícil»), le estás dando permiso para sentir. Y eso, créeme, ya es terapéutico en sí mismo.
Además, validar no significa estar de acuerdo con todo ni ceder a todos sus caprichos. Significa reconocer que su experiencia emocional es legítima. Puedes decir: «Entiendo que no quieras ir al colegio porque te da miedo, y está bien sentir miedo. Pero igual vamos a ir, y yo voy a estar contigo en esto».
Herramientas prácticas mejorar la ansiedad en los niños
1. Cuentos y metáforas
Los niños entienden mejor las historias que las explicaciones. Si tu hijo está ansioso por algo, inventa un cuento donde el protagonista pasa por lo mismo y encuentra la solución. Puede ser un dragoncito que tiene miedo de volar, o una estrellita que no quiere brillar porque le da vergüenza.
La magia está en que, a través del personaje, el niño puede ver su problema desde fuera y encontrar salidas que antes no veía.
2. Respiración con imaginación
Decirle a un niño «respira hondo» suele ser un fracaso. Pero si le dices «vamos a soplar las velitas de un pastel invisible» o «inflemos un globo gigante con el aire de nuestra barriga», la cosa cambia.
La respiración profunda activa el sistema nervioso parasimpático, que es el que calma. Pero los niños necesitan que sea un juego, no una tarea.
3. Rutinas como ancla emocional
Aunque los niños no entiendan bien el tiempo, las rutinas les dan seguridad. Saber que después del baño viene el cuento, y después del cuento viene el abrazo, y después del abrazo se apaga la luz, les permite anticipar y sentirse seguros.
La ansiedad se alimenta de incertidumbre. Las rutinas son certezas pequeñas pero poderosas.
Cuando es momento de pedir ayuda para tratar la ansiedad
Hay veces que, hagamos lo que hagamos, la ansiedad no mejora. O empeora. O empieza a afectar seriamente la vida del niño: no quiere salir de casa, deja de jugar, sus notas bajan, se aísla.
Ahí es cuando hay que buscar ayuda profesional. Y no, no es un fracaso. La ansiedad en los niños es tratable. No es algo con lo que tengan que cargar para siempre. Pero necesita ser vista, nombrada, acompañada.
Recordatorio final: ellos no son mini adultos
Si hay algo que he aprendido, es esto: no son adultos en miniatura. Son seres con su propia lógica, su propio tiempo, su propia forma de habitar el mundo. Y entender la ansiedad infantil pasa por aceptar eso.
No podemos aplicarles nuestra racionalidad ni esperar que procesen las emociones como lo hacemos nosotros. Pero esa misma característica —esa apertura mental, esa capacidad para creer en la magia— es la que nos permite ayudarlos con recursos simples, creativos y profundamente efectivos.
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